A muchas personas les gusta el chocolate. Para algunos es una pasión. En distintas formas y combinaciones el chocolate ha estado y está presente también en el cine.
Retomando una de las películas que hemos mencionado en artículos anteriores, en Matilda podemos ver cómo el “pequeño” Bruce da buena cuenta de un enorme pastel de chocolate llegando a lamer los restos que quedan el plato. Lo que empezó como un castigó se convirtió en la primera derrota de la Señorita Trunchbull.
Evidentemente tenemos que hablar de Chocolat. La acción transcurre en Lansquenet, un pueblo francés muy tradicional, donde nada ha cambiado en los últimos cien años, donde el Viento del Norte, cual Mary Poppins, trae consigo a dos forasteras: Vianne Rocher (Juliette Binoche) y su hija Anouk (Victoire Thivisol). Abren una bombonería y chocolatería repleta de dulces capaces de despertar los ocultos apetitos de los habitantes del pueblo. La Binoche posee un don especial que le permite percibir los gustos deseos de los demás y satisfacerlos con el bombón o dulce exacto.
La filosofía de vida de la señora Rocher choca con sus nuevos vecinos, reprimidos y moralistas, mientras que ella disfruta de los placeres de la vida en compañía de Johnny Depp, otro elemento de discordia rechazado y odiado por el pueblo, en su papel de trotamundos hedonista.
Es una película que no engaña. Técnicamente impecable, visualmente deliciosa, como un cuento de hadas, habla sobre el valor de afrontar los cambios y sobre los conflictos internos entre la moral y el placer. Sobre la tentación y la represión. Sobre la pasión y el poder de los sentidos. Y es que poco a poco los habitantes de Lansquenet se irán acercando a la tienda y sus vidas cambiarán radicalmente con sólo probar un poco del mágico chocolate. No deja de tener, bajo nuestro punto de vista, alusiones directas a Mary Poppins.
Es una película luminosa, una alabanza continua al chocolate, con unos secundarios de lujo que estuvo nominada al Oscar a la Mejor Película.
La relación de Johnny Depp con el chocolate en el cine tiene su punto álgido en Charlie y la Fábrica de Chocolate de Tim Burton. En el papel de Willy Wonka nos traslada al universo propio que dirige en su factoría de dulces en donde un ejercito de Umpa-Lumpas trabaja el cacao y sucedáneos para él.
Pero el verdadero protagonista de la historia es Charlie Bucket. Un niño amable y educado que vive con su familia sin recursos y que consigue uno de los cinco billetes dorados escondidos por todo el mundo en las tabletas de chocolate Wonka que supone la entrada y visita a la fábrica. De los cinco visitantes sólo uno conseguirá un premio especial. Adelantamos el final: el premio es heredar la fábrica.
Hay un viaje generacional ya que el abuelo de Charlie trabajó a las órdenes de Willly Wonka y gracias a su nieto volverá a trabajar con él y con Charlie ideando nuevos productos que satisfagan a los consumidores más exigentes.
Comparar el Willy Wonka de Depp pasado por el filtro de Tim Burton con el Willy Wonka que interpretó Gene Wilder 34 años atrás nos llevaría otro artículo sólo para ello. Sólo comentaré que Wilder dejo patente que la nueva versión le "parecía un insulto" y que si bien le gusta Johnny Depp como actor, renegaba de la albor que Tim Burton como director hizo con él.
Charlie y la fábrica de chocolate es una oda al dulce y a la relación, sana o insana según sea, de los niños con el chocolate.
Yendo más allá del chocolate como argumento o excusa para hacer una película, queríamos hablar de la relación que tiene el maestro chocolatero Enric Rovira con el cine.
Cuando vio 2001: Odisea en el espacio de Kubrick, le fascinó y tuvo la necesidad de homenajear a uno de sus símbolos: el monolito. Así utiliza tres ingredientes para aludir al paso del tiempo y saltar desde el presente al futuro y pasado, lo que para él es el hilo conductor de la película. Así habla Enric Rovira de ello: “Me encanta ese tipo de película en la que las imágenes explican más que los diálogos en sí. Necesitaba hacer algo inspirado en la película y centrado en el monolito, un elemento enigmático de la historia que actúa como una separación entre las diferentes etapas. Quería hacer un producto que recogiera este enigma, sin texto, sin marca, era un producto casi ilegal. Solo una caja negra. Dentro había tres cajas más con tres productos de chocolate en tres gradaciones diferentes. Querían explicar la evolución: pasado, presente y futuro. Para representar el pasado, hice un bombón animal, tocino crujiente bañado en chocolate. Fue un sabor más primitivo. Además, me gustaba reflexionar sobre cómo en la antigüedad la comida se conservaba en sal. Por el momento, buscamos un chocolate que rezumara frescura. Al final fuimos por jengibre con chocolate negro. Para el futuro pensamos en aire con chocolate, es decir, un chocolate aireado. Todo iba acompañado de un CD que explicaba cómo se concibió y desarrolló cada bombón. En ese momento era una reliquia. No era muy común encontrar un CD en un producto de chocolate. En general, era un producto complicado, debido a los sabores utilizados. También fue limitado, porque hay muchas personas que no se sienten atraídas por esta película. Era una cuestión personal, mi adaptación de la historia hecha chocolate. Sin embargo, Monolith funcionó más o menos como un regalo ".
Reconozco que no hemos probado Monolith. Pero sí que hemos disfrutado de Making of Chocolate. Se trata de una caja metálica de bobina de cine que incluye habas de cacao, mini-rajolas de pasta de cacao, chocolate negro, chocolate con leche y chocolate blanco. Es un producto que va del origen al resultado: en el medio encontramos las habas de cacao, que son la base para hacer cualquier tipo de chocolate: pasta de cacao, chocolate negro, chocolate con leche y chocolate blanco. Además incluye un DVD y un folleto explicativo.
Como escribimos estos artículos como un acto evocador en donde se agolpan recuerdos de todo tipo, no puedo dejar de acordarme de las trufas heladas de la Bombonería Soconusco de Zaragoza y de las lenguas de gato que devoraba de pequeño.
Y para terminar, que nos tenemos que ir, quiero rememorar aquella escena en donde una chocolatina logra hermanar a un niño gordito y mentiroso con un gigante deforme y brutal, en una de las mejores películas de todos los tiempos, Los Goonies, cuando Sloth silabea entre grititos de alegría la palabra CHO-CO-LA-TE.
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